Nota publicada: 2026-08-23
Rupturas políticas que marcan
Bulmaro Pacheco.
Desde que integró su gabinete en 1920, el presidente Álvaro Obregón pensó en su sucesión. Prohibida la reelección inmediata como consecuencia de la legislación revolucionaria, tenía que decidir entre dos personajes de su tierra que ocupaban cargos clave en la administración federal: Plutarco Elías Calles, en Gobernación, y Adolfo de la Huerta, en Hacienda.
De la Huerta, confiado en que —como diputado local— había salvado a Obregón de una elección sumamente controvertida en Huatabampo en 1911, pensó que él podría ser el elegido para suceder al Manco de Celaya durante el cuatrienio 1924-1928.
La decisión final recayó en Plutarco Elías Calles y De la Huerta rompió con Obregón. Renunció al cargo y encabezó una de las últimas rebeliones militares más importantes del siglo XX.
No sabemos a ciencia cierta quién podría haber sido el favorito de Calles para sucederlo en 1928. Lo que sí sabemos es que varios legisladores federales de filiación callista se opusieron a las reformas constitucionales impulsadas por el bloque obregonista en el Congreso federal para abrir las puertas a la reelección del caudillo sonorense en 1928. No hay testimonios, pero todo hace pensar que Calles no estuvo de acuerdo con la reelección porque, apenas quince años antes, la no reelección había sido la bandera revolucionaria enarbolada por Francisco I. Madero para enfrentar a la dictadura de Porfirio Díaz, quien llevaba 31 años en el poder.
Obregón, ya electo presidente, fue asesinado, y ese hecho violento puso en crisis al sistema político mexicano.
En su famoso discurso, donde Calles mencionó la necesidad de abrirle la puerta a un país de instituciones y no de caudillos, se revelaba el verdadero espíritu de la decisión de inaugurar el primer sexenio gubernamental mediante elecciones y con partidos políticos establecidos.
Al presidente Lázaro Cárdenas le disgustaron las constantes declaraciones del expresidente Calles en las que criticaba a su gobierno. Cárdenas reaccionó destituyendo a un gran número de callistas de su gabinete y promoviendo la desaparición de poderes en estados gobernados por personajes de filiación callista.
La crisis llegó a su máxima expresión en 1936, cuando Calles fue obligado a abandonar el país para refugiarse, en calidad de exiliado, en San Diego, California, donde permaneció durante el resto del sexenio cardenista. Nunca volvieron a tener contacto, ni siquiera cuando el presidente Ávila Camacho los convocó en 1942 para apoyar la política de unidad nacional en torno al presidente durante la Segunda Guerra Mundial.
Entre 1940 y 1964 no se dieron encontronazos entre los presidentes entrante y saliente de México.
Las rupturas volvieron cuando Gustavo Díaz Ordaz empezó a manifestar que se había equivocado al seleccionar a su secretario de Gobernación, Luis Echeverría, como candidato presidencial. Echeverría inauguró la expresión «emisarios del pasado» para responder a las críticas y también depuró de elementos diazordacistas a su gabinete.
José López Portillo, como presidente, mandó cortar la red presidencial que el expresidente Echeverría conservaba en el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo, y el dirigente partidista Gustavo Carvajal empezó a motejar como «besados por el diablo» a todos aquellos aspirantes a candidaturas que buscaban primero a Luis Echeverría y después al partido para que los apoyara. La ruptura amainó con el nombramiento de Echeverría como embajador en naciones alejadas de México.
Carlos Salinas y Ernesto Zedillo se enfrentaron por varios motivos: uno de ellos era la interpretación del modelo económico que debía seguirse; otro, el encarcelamiento de Raúl Salinas, hermano del expresidente, acusado del crimen del diputado José Francisco Ruiz Massieu, ocurrido en septiembre de 1994.
Las relaciones entre ambos nunca se recuperaron y, sí, la ruptura causó daños profundos al sistema político.
En los gobiernos panistas no hubo un enfrentamiento mayor. El panismo se molestó con Fox por haberlo relegado del gobierno al favorecer a los buscadores de talento para integrar su gabinete y por tratar de bloquear la candidatura de Felipe Calderón.
Lo que estamos viviendo ahora con el gobierno de Morena no es muy diferente de lo que sucedió en el pasado.
A pesar de que Morena llegó al poder en 2018 diciendo que sus integrantes eran «diferentes», el método sucesorio nunca cambió.
El presidente saliente ejerció su poder incluso antes de la toma de posesión de la nueva presidenta: vetó candidaturas —como la de la Ciudad de México— y nombró e improvisó a integrantes del gabinete entrante y de la dirigencia de su partido, incluyendo a su hijo, Andrés Manuel López Beltrán, a quien seguramente ya estaban promoviendo para la sucesión de 2030.
Con el tiempo, la presidenta Sheinbaum fue desarmando la maquinaria heredada. Los tres fracasos electorales de Morena —en lo que va de su gobierno— en Veracruz, Durango y Coahuila mostraron que los verdaderos responsables iban por un lado y las instrucciones de la presidenta, por otro.
La inauguración de la política de retirar visas a funcionarios destacados del gobierno —entre ellos, la gobernadora de Baja California—; los escándalos del huachicol fiscal y del exsecretario de Gobernación Adán Augusto López, ligado a la dirigencia del grupo delincuencial La Barredora; los fracasos en la instrumentación de la reforma electoral, ante la rebelión de los aliados de los partidos Verde y del Trabajo; la insistencia de personajes que se oponen a las reformas de la presidenta contra el nepotismo —en Guerrero, San Luis Potosí, Zacatecas y Chihuahua—, y el abandono de la estrategia de «abrazos, no balazos» para combatir a la delincuencia profundizaron la crisis y abonaron a la posibilidad de una ruptura entre el gobierno que se fue y el que trata de consolidarse.
Las gotas que han derramado el vaso en los últimos días han sido dos. Una, el retiro de la visa estadounidense al hijo del expresidente, Andrés Manuel López Beltrán, y la carta contra el gobierno de Estados Unidos que, según la Presidencia, nunca conocieron, lo que tensó aún más la relación entre el gobierno mexicano y el de Donald Trump. La otra gota fue el regreso por un día al poder de Rubén Rocha Moya —con todo y la petición de extradición y las acusaciones en México y Estados Unidos— al gobierno de Sinaloa, después de una licencia de 112 días. La Presidenta dice que se enteró por las redes sociales del regreso de Rocha al poder. Todavía más grave. ¿Quién le dijo a Rocha que regresara?
El retiro de la visa al hijo del expresidente mereció la solidaridad de los morenistas, quienes acusaron —erráticamente— ataques a la soberanía nacional y una política de injerencia del gobierno estadounidense sobre México. Ahora, lo del regreso y nueva salida del cargo de Rocha Moya provocó el deslinde del gobierno federal respecto de la decisión del gobernador, así como una condena airada de su partido, de sus aliados y de los gobernadores morenistas. Antes, esos desplantes se pagaban con la desaparición de poderes en los Estados. Ahora nadie apuesta nada a favor de Rocha y sí, su futuro se ve escabroso.
Todo eso, en medio de la próxima elección de 2027, cuando seguramente en Morena habrán de medir fuerzas el pasado y el presente para definir candidaturas. La ruptura y el deslinde político, que tiene antecedentes históricos entre los presidentes entrante y saliente de México, ya no es una predicción. Ya está aquí.