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Roban obras de Antonello da Messina en museo de Italia durante una de las principales fiestas del verano

LA JORNADA /


Nota publicada: 2026-08-20

Messina. El Museo Regional Interdisciplinario reabrió sus puertas el martes pasado con un centenar de visitantes, muchos movidos por la curiosidad de contemplar el vacío dejado por las obras de Antonello da Messina, robadas la noche de Ferragosto (15 de agosto), la principal fiesta del verano italiano, en uno de los robos de arte más graves de las últimas décadas en el país.

En las salas, dos paños negros, como crespones de luto, cubren ahora los espacios que ocupaban el Políptico de San Gregorio y una pequeña tavoletta (tabla) de doble cara del artista.

Mientras miles de personas asistían a la procesión de la Vara –la monumental estructura votiva de la Asunción–, las fuerzas de seguridad se concentraban en el centro histórico, dejando la zona norte de la ciudad prácticamente desguarnecida. Hacia las 21:15 horas se produjo el asalto al MuMe, ubicado en la ciudad natal de Antonello da Messina (c. 1425/1435-1479), uno de los grandes revolucionarios del Quattrocento italiano.

Los ladrones –tres o cuatro según las reconstrucciones policiales– entraron por un acceso lateral: mientras dos vigilaban en el exterior, otros dos escalaron la reja y forzaron una puerta a golpes. Una vez dentro, se dirigieron de inmediato a las salas de Antonello da Messina y en apenas dos o tres minutos desmontaron tres de las pesadas tablas del Políptico de San Gregorio. También rompieron la vitrina blindada que protegía la delicada tavoletta de doble cara. Aunque se activaron los sistemas de seguridad, los custodios interpretaron la sirena como un falso contacto y desactivaron el sistema.

La fuga fue más caótica que el asalto. Sorprendidos mientras pasaban las obras por la reja, los ladrones huyeron con la pequeña tabla y tres paneles del políptico, abandonando en la acera el San Gregorio y el San Benito. Unos transeúntes dieron la alarma y otra pareja, al iluminarlos con el teléfono y usar Google Lens, descubrió que eran obras de Antonello. Sólo con la llegada de la policía los custodios comprendieron que el museo había sido asaltado.

La elección de las piezas hace pensar en un robo por encargo: en las mismas salas se conservan incluso dos valiosas obras de Caravaggio, pero los ladrones se dirigieron específicamente a las de Antonello. El destino del botín resulta difícil de explicar. A diferencia de las joyas imperiales robadas en el Louvre en octubre pasado, susceptibles de ser desmontadas o fundidas para perder su identidad histórica, estas pinturas son inmediatamente reconocibles y carecen de una salida comercial legal.

Algún analista considera que por la rudeza del asalto, el abandono de las valiosas tablas en la calle como simples palos y la huida precipitada apuntan a delincuentes de bajo nivel. Esa tosquedad contrasta, sin embargo, con la planificación del golpe, lo que ha llevado a la fiscalía a buscar un posible cómplice interno. Bajo examen está la actuación de los cuatro custodios, interrogados el martes.

Que el Políptico de San Gregorio, pintado en 1473, haya llegado hasta nuestros días es casi un milagro. Ya dañado por una mala restauración en el siglo XIX, sobrevivió al devastador terremoto de Messina de 1908, al derrumbe del monasterio que lo albergaba y a las lluvias posteriores, aunque perdió su marco original y necesitó varias restauraciones. La Tavoletta, en cambio, escapó a la catástrofe porque entonces ya se encontraba fuera de Sicilia. El vínculo del políptico con el museo llega hasta su propia identidad gráfica: el logotipo del MuMe estiliza el rosario que cuelga del trono de la Virgen en la tabla central robada.

La obra ocupa un lugar crucial en la trayectoria de Antonello. Realizada antes de su célebre estancia en Venecia, revela que ya había logrado fundir dos mundos pictóricos: la luz, el detallismo y la penetración sicológica flamencos con la solidez monumental y el rigor perspectivo del Renacimiento italiano, especialmente de Piero della Francesca. Incluso el fondo dorado, todavía exigido por el gusto conservador de la abadesa que encargó el políptico, deja de ser en sus manos una superficie plana: Antonello lo somete a la luz, le confiere profundidad y volumen, mientras los santos abandonan el aislamiento de los compartimentos medievales para comenzar a habitar un mismo espacio. Es aquí donde consolida el lenguaje que lo situará entre los grandes maestros del Quattrocento y que poco después llevará a Venecia, donde transformará el arte del retablo y del retrato, contribuyendo decisivamente al salto de esa ciudad hacia el Renacimiento.

La pequeña joya de Antonello

Pintada al temple graso entre 1465 y 1474 para la devoción privada, la pequeña tabla (16 por 11.9 centímetros) presenta en su anverso –de clara influencia flamenca– a la Virgen con el Niño bendiciendo y a un franciscano en adoración. En el reverso, un Cristo en Piedad asoma entre un calado de mármol de gusto catalán, con el rostro desgastado por los devotos besos de generaciones de fieles. Tras permanecer resguardada en la colección berlinesa de Wilhelm Soldan desde 1930, la obra fue atribuida a Antonello en 2003 por el historiador del arte Everett Fahy. Ese mismo año, el crítico Vittorio Sgarbi convenció a la Región Siciliana de adquirirla en una subasta de Christie’s. Una auténtica ganga, según recuerda hoy Sgarbi: costó unos 362 mil euros, una cifra muy inferior a su valor real. Hoy, según el ex asesor regional Fabio Granata, la pieza valdría decenas de millones, aunque su carácter único la hace prácticamente invendible.



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