• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 24 No. 724    

El irrepetible Mario Holguín ... In Memoriam

Bulmaro Pacheco / bulmarop@gmail.com




Nota publicada: 2022-08-01

El irrepetible Mario Holguín ... In Memoriam

Bulmaro Pacheco.

 

Mario fue de los pocos jóvenes que salieron de la entonces Comisaría de Villa Juárez a cursar su educación media superior en la antigua preparatoria de la Unidad Regional Sur de Navojoa, durante la generación 1969-1972. Ahí estaban, entre otros: El, José Socorro López, Ángel María Barceló, Luis Leyva, José Arenas, Ricardo Manrique, Heriberto Acosta y Juan Beltrán. Algunos de ellos se veían ya mayores—todos con bigote y formalidad en el vestir—unos ya rebasando los 20 años, comparados con los que provenían de Huatabampo, Etchojoa y Álamos, como Pelagio Félix Halim Mosri y Rodolfo Gómez Urbalejo.

Y era explicable: Salvo Mario Holguín, que había egresado —becado— de la secundaria particular incorporada que dirigía el recordado profesor Manuel Ochoa Martínez, el resto de sus compañeros había formado parte de la primera generación de la Secundaria Estatal No. 28, la primera que se fundó en una comunidad creada en 1946 principalmente con migrantes del norte del estado que habían trabajado en la construcción de la presa La Angostura y otros provenientes de regiones de Álamos, Etchojoa y Huatabampo.

No había condiciones para que automáticamente los jóvenes brincaran de la secundaria a la preparatoria porque en aquellos años no había becas y no era fácil sortear los gastos de hospedaje, alimentación y transporte para estudiar en Navojoa; el único lugar de la región donde se había inaugurado una preparatoria de la Unison apenas en 1964.

La familia de Mario Holguín, integrada por Don Bruno Holguín y Atilana Cebreros con seis hijos, asentados en Villa Juárez desde 1955, venían de El Saúz, una pequeña comunidad de Álamos que queda rumbo al Chinal muy cerca del Potrero de Alcantar y por el rumbo de la minera Córner Bay. Muy duras eran las condiciones de vida para una población reducida dedicada a la pequeña ganadería y a la elaboración de quesos y panelas (de vaca y chiva) que dependían básicamente de la temporada de lluvias. Por eso los padres de Mario, viendo por sus hijos, decidieron emigrar a una comunidad como Villa Juárez, que ya ofrecía mejores condiciones en el comercio y la agricultura. Don Bruno empezó a trabajar pronto como jornalero agrícola y doña Atilana en labores caseras y la elaboración de quesos y panelas para la venta a vecinos del barrio.

Ninguna de esas condiciones de vida ni la necesidad de ver económicamente por sus padres y hermanos arredraron a Mario, que empezó de muy joven el oficio de talabartero y ayudante de zapatero remendón con el famoso Manuel Herrera (a) “El Cochórit”, un pintoresco personaje de Villa Juárez con quien Mario aprendiera el oficio que le sirvió para sortear los años decisivos de su formación entre la primaria y la secundaria, y regresando de Navojoa los fines de semana y en vacaciones a trabajar en el oficio para terminar de completar el gasto.

Al terminar la preparatoria en 1972 decidió inscribirse en la Facultad de Psicología de la UNAM en 1973 —en la Unison la carrera se creó en 1982—, y viajó a la Ciudad de México.

Combinó el estudio con el trabajo y no tardó en darse a conocer por sus habilidades y conocimientos tanto entre sus compañeros estudiantes como con sus profesores. Padeció de carencias y estrecheces. No era fácil —era muy difícil obtener becas entonces— acabalar el dinero para pagar comidas, renta y transporte, y así lo vimos cambiar con frecuencia de domicilio en la Ciudad de México, casi siempre en departamentos rentados junto con amigos que cooperaban para sortear el temible e irremediable fin de mes. Su vida mejoró notablemente cuando conoció a Rosario Román Pérez, compañera de profesión y de vida, con quién contrajo matrimonio en 1977. Tuvieron dos hijos: Sergio y Mario.

Hizo una Maestría en Educación en la Universidad de Texas. Cambió de residencia de la Ciudad de México a Hermosillo en 1985.

Fue docente y trabajó en diversas instituciones como el DIF, el ISSSTE, el Gobierno de Sonora, el Conalep, fue coordinador de instituciones de educación media superior federal, asuntos indígenas y asesoró a varios ayuntamientos casi siempre en temas educativos y culturales. Nunca dejó de escribir artículos y libros; apenas hace unos días Azalea Lizárraga le entregó el último de los siete libros que escribió: Anecdotario en Literatura”,que terminó ya con su avanzada enfermedad. 

Mario murió el pasado 31 de julio, a las 9:30 de la mañana, en su domicilio. No pudo vencer un implacable cáncer que lo afectó los últimos seis meses de su productiva e intensa vida. Nunca lo vimos con temor, ni quejándose de nada ni victimizándose. Con estoicismo recibió la noticia de su enfermedad meses atrás y sobrellevó sus últimas semanas entre su casa, los doctores y su terreno del Trapiche, en la colonia San Ángel, donde pasaba largas horas del día y recibía a sus amigos con quienes nunca comentaba de su enfermedad. Todavía el pasado 3 de julio cuando cumplió 73 años, lo vimos optimista, choteador y dicharachero.

Era bohemio, poeta y escritor al mismo tiempo. Nadie como él investigó en Sonora la obra literaria y humana del laureado argentino Jorge Luis Borges, a quien le dedicó muchas de sus obras, y llegó incluso a tener correspondencia con la viuda María Kodama.

¿Qué decir de Mario Holguín como el buen amigo y el gran ser humano que fue? Sería ocioso decir que fue un amigo probado en toda clase de circunstancias; esas que marcan la vida de las personas y que ponen a prueba la integridad y las convicciones de los cercanos. Las que realmente hacen duradera y consistente una relación amistosa.

Fue de esos que sostuvieron la amistad contra viento y marea, que incluyeron las altas y bajas de la vida que en muchas ocasiones prueban a los humanos y nos muestran de qué están hechos.

¿De qué estaba hecho Mario?

Era de esas rara avis que siempre le dio prioridad a la amistad y a la convivencia, sin entrometerse en problemas ajenos ni en la vida de los demás. Siempre con un libro o un periódico bajo el brazo, con una novedad, un chascarrillo, o algún comentario acerca de la vida cultural, política y social de México y Sonora. 

Fue siempre inquieto, derecho, innovador, liberal, tolerante, moderno, crítico y de buena entraña para los asuntos de la vida y para las coincidencias y las diferencias bien manejadas entre humanos, aún en las recurrentes crisis y en los debates intensos que lo vi sostener en 53 años de amistad. Por eso y por todo lo demás lo vamos a extrañar… Vaya, ya tan pronto lo estamos extrañando sus amigos y la legión de sobrinas y nietos que cariñosamente le llamaban Tío y Tata.

Descanse en Paz el amigo y hermano Mario Holguín Cebreros.



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